A su paso le arrojaban flores, los vendedores ambulantes le ofrecían dulces regionales, las calles de tierra exhibían una inusual pulcritud tras haber sido barridas. ¡Viva la Junta! ¡Viva su representante! Desde la altura de su caballo, Juan José Castelli, vocal de la Primera Junta, escuchaba todo atónito, un poco incómodo y con cierta cautela, retribuyendo los saludos mientras agitaba nerviosamente su pañuelo de mano. Percibía cierta inquietud y zozobra en las miradas que se entrecruzaban los anfitriones.
El 13 de octubre de 1810, con el arribo de Castelli a la provincia, los tucumanos palpaban de manera tangible los hechos políticos acaecidos en Buenos Aires el 25 de mayo y sus consecuentes acciones.
La Calle Real -actual avenida Benjamín Aráoz- y los suburbios de la aldea tucumana se habían decorado con “arcos triunfantes y vistosas colgaduras” con el propósito de agasajar al visitante, que desfilaba en medio de un cordón de honor formado por más de 600 hombres armados a caballo. Un carruaje sin capota, adornado con guirnaldas de flores, los esperaba para llegar a la Plaza Mayor, hoy plaza independencia, en compañía de las autoridades de la ciudad.
Finalmente, Castelli, reconocido como el más visceral orador de los hombres que participaron en los agitados días de la semana de mayo, se puso de pie en el carruaje, agradeció la demostración de adhesión a la Junta, explicó las causas que habían originado el movimiento y reafirmó su fe en el triunfo de las armas.
No dejó pasar la oportunidad, al ser tan atentamente escuchado, de transmitir que se sentía deslumbrado por la belleza de las tucumanas y que tanta manifestación de afecto le demostraba que contaba con el apoyo de los tucumanos. Por la noche asistió al baile de honor e inició a la mañana siguiente las actividades políticas tratando “la reconciliación de algunos lesionados por diferencias personales, harto comunes en pueblos pequeños”.
Revolución en Tucumán
Los virreinatos eran la forma de representación y administración que utilizaba la corona española para sus colonias americanas. En la figura del virrey recaía toda la responsabilidad de gobierno. Con el arribo de las noticias que daban cuenta de la destitución del monarca Fernando VII tras la invasión francesa, un grupo de intelectuales criollos, influenciados por las ideas de la Ilustración, iniciaron el proceso de remoción del virrey para formar la primera Junta de Gobierno, integrada por vecinos de Buenos Aires.
Aunque oficialmente declaraban su fidelidad al rey y afirmaban gobernarían hasta que fuera restituido, para los abogados Mariano Moreno, Manuel Belgrano y Castelli la proclama expresaba el genuino anhelo de independencia. Una de las facciones de la Junta, “los morenistas”, conscientes de esta oportunidad y de la rapidez con la que debían actuar, no dudaron en encender la llama revolucionaria por todo el continente, implementando la lucha armada como instrumento político y arremetiendo contra todo el territorio del virreinato que no aceptara su postura.
Así fue que Moreno, en su carácter de secretario del cuerpo, y con la pretensión de imponer la autoridad de la Junta, envió a Belgrano en expedición militar al Paraguay, y al primo de este, Castelli, al Alto Perú (la actual Bolivia).
La adhesión a la nueva forma de gobierno no fue del todo aceptada por la población, sobre todo en aquellos sectores que gozaban de grandes beneficios económicos durante el antiguo régimen. Tucumán no fue la excepción; no todos apoyaron los principios revolucionarios. “Desde que gobiernan los criollos, no se habían visto mayores desgracias” solía repetir el cura José Salas.
El Cabildo tucumano aceptó la autoridad de la Junta, pero no fue una decisión unánime. Se ordenó “celar con la mayor vigilancia los movimientos de los europeos y vecinos de la ciudad”. Si bien la mayoría estaba a la expectativa de los cambios que se producirían, tanto en lo político como en lo referido a los posicionamientos sociales, al igual que en el plano de lo económico y de la producción agraria, el conflicto y la tirantez que reinaban no era por oposición a la revolución, sino por tener mayor control sobre ella. La división no era entre europeos y criollos, sino entre partidarios o enemigos del nuevo orden.
Todo por hacer
Castelli no tenía más tiempo para perder con festejos y adulaciones. Había recorrido en 15 días, por sendas de tierra, vadeando ríos, atravesando desiertos carentes de agua, bajo los implacables rayos del sol o de inflexibles tormentas, los más de 1.300 kilómetros que separan Tucumán de Buenos Aires. Toda una proeza para quien no estaba familiarizado con montar a caballo.
Lo regían el desasosiego y el nerviosismo. Había demostrado su lealtad a la causa cuando, pocos días antes, sin titubear fusiló al ex virrey Santiago de Liniers, quien se había declarado abiertamente partidario de la corona española y opositor a la revolución.
Su misión, encomendada por Moreno, era clara y precisa: asumir como jefe supremo del Ejército Auxiliar del Perú, que comandaba Antonio González Balcarce, para evitar la penetración de las fuerzas realistas contrarrevolucionarias provenientes desde Lima al Alto Perú. Reclutó unos 300 hombres y a los dos días partió con rumbo norte.
Hacia el Alto Perú
La fuerza revolucionaria no era un ejército con el sentido de organización militar que supo darle José de San Martín años después. Era una gran columna de hombres, sin conocimiento cabal de lo que era la guerra; una tropa anarquizada con total falta de disciplina, solo armados con la improvisación propia de la euforia y efervescencia de esos agitados días, envalentonados por el anhelo de libertad. Las armas para la lucha no eran más que unos cuantos fusiles.
A Castelli, un hombre sumamente diestro y de primera línea en el campo de las ideas, pero totalmente inexperto en el de la lucha armada, lo movilizaba la convicción en la independencia de los americanos. Obtuvo su primera victoria en Suipacha el 7 de noviembre, lo que le permitió entrar triunfante a Potosí, imponiendo una nueva forma de gobierno. Allí fusiló en un acto público a jefes realistas; dictó normas inéditas hasta esa época, como igualar a los indios con los criollos, liberándolos de la esclavitud y declarándolos aptos para ocupar cargos administrativos, anulando los tributos y prestaciones.
“Toda la América del Sud no formará en adelante sino una misma familia” fue su proclama. Las medidas dispuestas no solo molestaron a aquellos criollos y europeos que se beneficiaban con la explotación indígena en la actividad minera; también fueron de un magnitud tan progresista y alborotadora que alarmaron a los integrantes partidarios de la corona en la Junta en Buenos Aires, que ya habían conseguido librarse de Moreno.
En su ímpetu revolucionario, Castelli se ilusionaba con conquistar el poder realista en Lima. “Pueblos de la América del Sud, nuestro destino es ser libres o no existir, y mi invariable resolución es sacrificar la vida por vuestra independencia... La muerte será la mayor recompensa de mis fatigas... al ver asegurada para siempre la libertad del pueblo americano”, expresó.
Pero sobrevino el desastre de la derrota en Huaqui. Los muertos no fueron muchos, la catástrofe fue la aterrorizada huida de las tropas. Esta caída, sumada a la falta de apoyo desde Buenos Aires, obligó a Castelli a retroceder. El nuevo gobierno, la Junta Grande, ordenó detener a Castelli y que rindiera cuentas sobre su actuación en el Alto Perú.
Otra vez en Tucumán
Tras un penoso peregrinar, Castelli volvió a Tucumán a principios de noviembre de 1811. Esta vez nadie arrojaba flores a su paso, no había arcos triunfales ni vítores. En las calles lo miraban como un abyecto y despreciable visitante. El Cabildo le informó que desde Buenos Aires habían ordenado que se dirigiera a Catamarca.
Se quejó por el trato recibido: como miembro de la Junta se sintió vulnerado. “Yo no huyo del juicio. No conozco su causa, si la hay”, sostuvo. Le era imposible ir a Catamarca porque no tenía dinero, ya que llevaba meses sin recibe su sueldo. Las autoridades de Tucumán, para librarse del incómodo -y otrora venerado- Castelli, le entregaron 500 pesos.
Así se marchó a Buenos Aires, donde fue arrestado y comenzó a ser juzgado a principios de 1812 por su conducta pública, política y militar en la campaña del Alto Perú. A duras penas pudo defenderse en el proceso, ya que padecía un terminal cáncer de lengua. Se expresaba escribiendo en una pizarra. Ningún testigo, entre los que se encontraban sus enemigos políticos, declaró en su contra ni se atrevió a calumniar a quien comandara el Ejército del Norte, por lo que finalmente no se dictó sentencia sobre él.
Juan José Castelli, la vehemente voz que defendió desde su retórica la independencia de los pueblos de América, comenzaba a silenciarse en la agonía luego de que le extirparan la lengua. El prohombre de la coherencia e integridad, el que alineaba su pensamiento con la acción, exponiéndose en defensa de la explotación de los americanos sufrida por los conquistadores, murió el 12 de octubre de 1812, día en el que se conmemoraba el comienzo del sometimiento y saqueo del continente. Antes de su muerte pidió papel y lápiz y escribió: “si ves al futuro, dile que no venga”.
(Fuente: La revolución de Mayo en Tucumán, por Ramón Leoni Pinto, diario LA GACETA, 25 de mayo de 1975; Dos visitas muy distintas de Castelli a Tucumán, por Carlos Páez de la Torre, diario LA GACETA, 4 de octubre de 2015; Un viaje a caballo desde Buenos Aires a Tucumán en el año 1810, por Rafael Cano, diario La Nación, 19 de septiembre de 1937; Significado histórico de la acción de Cotagaita, diario LA GACETA, 27 de octubre de 1945)